Mostrando entradas con la etiqueta Opinión. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Opinión. Mostrar todas las entradas

domingo, 2 de octubre de 2011

Esto de ser minoría

[La siguiente columna no pertenece a una alumna de la PUC, sino que fue escrita por una tesista de la Universidad Católica del Norte. Sin embargo, como equipo editorial, consideramos que es importante darle un espacio a esta columna, pues refleja una visión del acontecer nacional que no deja de ser válida que alude de manera directa a la PUC]



Para comenzar, debo admitir que el movimiento estudiantil no me convence. Son demasiados puntos los que personalmente me molestan y no me permiten unirme a él. Pero lo que quiero discutir en esta instancia no es el participar o no en el movimiento, sino qué es lo que pasa con las minorías.

La Pontificia Universidad Católica de Chile es una minoría, en el sentido de que es una de las pocas universidades que sigue de manera regular su año académico. Por ello, se encuentra con todo el programa académico prácticamente al día, mientras que, muy por el contrario, muchas universidades -incluyendo aquélla de la cual soy alumna, la Universidad Católica del Norte- pertenecen, en este sentido, a la gran mayoría. Pero, desde otra perspectiva, mi universidad también pasó a ser una minoría: es una de las pocas que aún se niega a buscar soluciones para cerrar el primer semestre. Dentro de esa minoría se encuentra mi departamento, que por no albergar a más de 100 estudiantes, también nos convierte en una minoría. De esos alumnos, existe un porcentaje minoritario, dentro del cual me incluyo, que sí quiere cerrar nuestro semestre.

Lo de ser minoría, para mí, no es nada nuevo. Provengo de un escenario particular, el cual no ha estado exento de las diferencias que produce ser una minoría. Pero hay algo que me enseñaron mis padres que no se me ha olvidado nunca: si sabes que tienes razón, entonces “haz un punto”. Dentro de mi realidad, he tratado de exponer ese punto a mis compañeros. Los he tratado con lógica y lo único que he logrado es que no me presten atención, por lo cual a continuación me gustaría exponer algunos puntos, que la mayoría no está tomando en cuenta: la mayoría dice que, si cerramos el semestre de manera repentina y siguiendo los reglamentos de la Universidad, estamos perdiendo calidad. A ellos, sin embargo, les digo que la calidad ya la perdimos. Hemos estado en movilizaciones por tanto tiempo, que recuperar el semestre de manera regular ya no se puede. Los tiempos de estudio y los programas deberán ser acortados. A los que dicen que no todos aprendemos a la misma velocidad, les respondo que no aprendemos en las 5 horas que asistimos a la clase: aprendemos cuando, con dedicación, tomamos nuestros apuntes y libros para estudiar, ejercitar y repasar. A los que aducen que estamos cediendo al gobierno, les recuerdo que todo es una balanza, en la que se puede ceder, pero si el movimiento continua ¿qué estamos cediendo? Otros dicen que hay que hacer todo lo posible para lograr la educación gratuita para todos, pero me encuentro pensando que eso no es correcto: no todos necesitan que la educación sea gratuita ¿Por qué dar gratis algo a alguien que si puede pagarlo? Algunos argumentan que la calidad es una de las prioridades a buscar. Si eso es verdad, entonces, ¿por qué nos unimos a un consejo de profesores que se resisten a ser evaluados? Además, hay quienes mencionan que no van a pagar sus mensualidades hasta que esté todo listo, pero ¿ha pensado alguno de ellos que la universidad sigue con cuentas por pagar y que puede declararse en quiebra?

Puede ser que la mayoría de ustedes no apoyen lo que digo, pero como miembro de una familia de padres separados, que tiene cuatro hermanos, uno de ellos en la Universidad y los otros en el colegio -gracias al gran esfuerzo de un hombre que tiene hasta tres trabajos-, les digo que salir adelante y lograr excelencia es posible. Mi formación fue técnico- profesional, no tuve un puntaje impresionante en la PSU, no tenía una buena base para la carrera que elegí y me cuesta estudiar, pero nada de eso me detuvo a ser considerada como buena alumna y a tener un registro de desaprobación de un ramo por año.

Eso de ser minoría, la mayoría de las veces, va a significar que te dejen de lado. Pero, algunas veces, va a significar que tu punto debería ser escuchado con atención, no porque tengas la razón, sino porque es una visión que debe ser atendida y analizada.

No dejemos de lado a esas minorías, como tampoco a ustedes, que conforman la PUC, pues son un ejemplo de seguir adelante, aún teniendo a un país entero haciendo lo contrario.




Alba Cortés
Estudiante de la Universidad Católica del Norte

sábado, 24 de septiembre de 2011

Ni derechos ni deberes



“No estoy ni ahí”, frase conocida y usada… Al menos a mí, me tenía aburrido por la gran cantidad de columnas y chistes que salieron de ella y, aún así, ahora la echo de menos.

La echo de menos porque la ciudadanía pasó de no estar ni ahí, a estar “muy ahí” a la hora de culpar a un gobierno, a la ley, a la economía y al lucro. En 2006 el problema ya estaba, en 2008 siguió y en 2011 no ha acabado. Unos consideran que ciertas cosas son un derecho, otros consideran que esas mismas cosas son un deber, pero nadie piensa en lo que no cabe en ninguna de las dos clasificaciones… Un acto de buena voluntad no es un deber ni un derecho: no es mi deber ofrecer el asiento en la micro, pero cuando lo hago, una persona es más feliz. No es mi derecho exigir el mismo asiento, sin embargo, cuando me lo ofrecen puedo agradecer con una sonrisa.

Siendo estudiante de ingeniería civil, y aún confiando en el capitalismo y la democracia, creo que la mano invisible es solo una, y los que intentan torcerla son demasiados como para que esta soporte. También creo que un gobierno, sin importar con qué mano escriba, no será capaz de hacer feliz a todo un país mientras salga electo con un 50%. Considero que estas dos entidades, casi etéreas, no podrán funcionar correctamente mientras todos nosotros pensemos que de ellas depende todo.

En Chile hay pobreza, y quizá no es el deber de unos arreglarla, ni el derecho de otros el exigirlo. Sin embargo, los primeros quizá sí pueden ayudar. No es que unos merezcan la educación gratuita porque me han ganado en alguna competencia, sino que si se les da, se verán muy beneficiados. No es que unos deban entregar todo su dinero a Robin Hood. Tampoco es mi deber pagar un salario altísimo, así como tampoco lo es el pagar el mínimo, y no es mi derecho ni mi deber exigir el máximo de cada transacción.

Derechos y deberes… Es todo de lo que se habla hoy. Cada vez que alguien exige un derecho, el siguiente argumenta que el primero se está olvidando de algún deber. No pensamos en el verdadero rol que debiéramos tener en la sociedad: la ayuda gratuita y desinteresada hacia el resto de la comunidad.

En un mundo en que la gente, en vez de tirar para bajar los precios en busca del beneficio personal, los empujara para aumentarlos y ayudar a la contraparte, el resultado económico sería el mismo, pero mucho más alegre. Muchos ya odian al gobierno, otros muchos ya odian la mano invisible ¿qué mejor manera de, en cierto modo, evitar a ambos, que cuidarnos y ayudarnos?

Comencemos por ofrecer nuestra ayuda: dejemos de pensar en que aquello es tema de jóvenes osados y rebeldes. Comencemos por pagar los impuestos y por no estafar a la gente, pues ni la ciudadanía ni el gobierno son necesariamente enemigos. Comencemos nosotros, los privilegiados que sí podemos estudiar, los que podremos reemplazar a gobernantes y a personas influyentes.


Germán Molina L.
Ingeniería Civil

martes, 20 de septiembre de 2011

Mi Universidad Católica


Extraño fue salir por el frontis de Beauchef, donde tan orgullosamente se muestra la palabra "Injeniería", que saluda y despide a todos sus estudiantes. Dejé ahí a mis amigos, mi corazón y quizás algo más.

Indeciso entré a la PUC, movido por su reputación, becas y nuevas experiencias. Luego, en Ingeniería UC me encontré en un ambiente agradable, amistoso, pero algo falso. Donde mucha gente valía la pena, y otros se limitaban a lo superficial del sentido de estudiar ingeniería, o reducían el concepto de universidad solo a estudiar, y "lo social" al carrete en Murano, a dos semanas en trabajos de invierno, a la Semana de San Agustín, etc.

Y siempre me pregunté "¿Qué hago en la PUC?" sin hallar respuesta, siempre entre amigos de la Chile, la que quizás debió haber sido mi casa de estudios, como lo fue en primera instancia. Pero no todo era malo, mis amigos "PUC" son buenos, locos y apañan (a veces), por lo que no fue un peso seguir. Ahora, un año y medio después de haber entrado, orgulloso de algunas autoridades de Ingeniería UC (no así de varios de sus profesores), de sus proyectos sociales y lo académico, en un contexto de revolución ciudadana y política, me encuentro con la verdadera cara de la comunidad de ingeniería UC: gente con miedo y políticamente ignorante. Pocos son aquellos Ingenieros UC que han sacrificado su tiempo "libre", vacaciones y feriados para informarse, o reunirse en asambleas o dedicarse a trabajar en un movimiento que no busca restringirse a los problemas en la educación, sino también en mejorar socialmente a la comunidad de Ing UC.

Escribí esto motivado por una nota que encontré en internet de una compañera de Historia, con la cual concuerdo:

"Cada vez me fui sintiendo menos orgullosa de muchos de mis compañeros de carrera, reduciendo cada vez más el número de personas a quienes entregar mi compromiso, mi confianza, mi entrega y mi agradecimiento(...) Cada vez me sentí menos orgullosa de mi casa de estudios, mi antes tan querida Pontificia Universidad Católica se convertía en uno de mis mayores focos de crítica, pues en sus autoridades está representada la más vergonzosa hipocresía y la más asquerosa represión, convirtiéndose en uno de los obstáculos más difíciles de combatir, junto con aquellos tan conocidos por llamar al "diálogo" y no proponer nada..." LINK

Y ahora, año y medio después me pregunto "¿qué hago en la PUC?" y me respondo: Cambiarla y mejorarla. Formar escuela y sociedad.

Porque me da miedo que los líderes del mañana sean aquellos que no sepan (o que tiemblen sobre) los conceptos como el bienestar social, la política, o plebiscito.

martes, 13 de septiembre de 2011

Aborto Terapeutico for dummies

La motivación de escribir este artículo nace por una increpación que se me hizo: yo afirmé, como lo vengo haciendo desde hace algún tiempo, que en la discusión del aborto terapéutico hay una ignorancia generalizada. Tras esto, me instaron a defender mi postura y de paso aclarar los conceptos que, bajo mi parecer, siguen siendo mal utilizados. Después de todo, un diccionario médico nada tiene que envidiarle en grosor a uno de la Real Academia Española, y no creo que sea parte de los objetivos de Escuelas de Derecho, Periodismo o Ingeniería hojear alguno.

Partamos definiendo conceptos:

- Aborto: si hablamos “en doctor”, se trata de la pérdida del embarazo previo a que adquiera viabilidad fuera del útero, lo cual comienza a las 22 semanas. Puede ser espontáneo o inducido. La variedad “inducida” es a la que suelen referirse los mortales fuera del mundo del hospital, y formas hay muchas: desde pastillas que se toman, hasta cruentos procedimientos en pabellón, con el fin de terminar con el producto de la concepción.

- Terapéutico: palabra de raíz griega que se refiere a las medidas farmacológicas, dietéticas, quirúrgicas, o cualesquiera, para el adecuado tratamiento de un síntoma o enfermedad.

Por lo general, se utiliza el término aborto terapéutico para referirse a la acción de terminar el embarazo bajo ciertas condiciones. Los casos que se discuten en nuestro país serían tres: cuando la vida materna corre peligro, en el caso de malformaciones incompatibles con la vida, y en caso de violación. Iré una por una:

1.- Frente al riesgo materno: a pesar de que el aborto está penado en nuestro país, en todos los hospitales de Chile se terminan embarazos por causa materna. Sí, es un hecho, y que yo sepa no hay ningún médico procesado por hacerlo. Cuando dos vidas corren peligro y solo una puede salvarse, el sentido común, independiente de creencias religiosas, nos lleva a hacer lo posible por rescatar dicha vida. Si el feto es viable, se saca y se manda a neonatología; si es inviable, no hay mucho más que hacer. El objetivo de esa cesárea de urgencia jamás fue matar el feto, sino que fue salvar a la madre. De manera indirecta, se afectaría al menor. Es por esta diferencia en la intención que no se debiera hablar de aborto inducido. Podríamos compararlo con la manera en que el capitán que tiene un solo salvavidas y dos marineros en el mar no puede ser acusado de homicidio si se lo lanza a uno mientras el otro se ahoga. Y como no es aborto, tampoco debiera ser llamado aborto terapéutico.

2.- Frente a malformaciones incompatibles con la vida: la anencefalia es el caso emblemático. Otro caso es la secuencia de Potter en la que niños nacen sin riñones ni desarrollo pulmonar. Existe un término para esta conducta y por lo tanto debiera utilizarse: eugenesia. Este concepto de raíz griega significa “buen origen” e históricamente se refiere a una corriente que defiende la selección artificial de personas con rasgos genéticos provechosos, ya sea para la sociedad o para disminuir cualquier clase de sufrimiento. Sus promotores han pasado desde esterilizar vagabundos, impedir el matrimonio entre sordos, meter judíos y homosexuales en campos de concentración, hasta últimamente promover el término de embarazos à la carte en países desarrollados, ya sea porque el niño viene con anencefalia o con síndrome de Down. En este caso, tampoco hablamos de aborto terapéutico, sino de aborto eugenésico.

3.- Frente a un embarazo producto de violación: se trata de un aborto hecho y derecho y la palabra está bien utilizada ya que la intención es acabar con el producto biológico del crimen. Pero el término terapéutico calza difícilmente. En primer lugar, no hay cirugía que remedie el hecho de haber pasado por un evento vital estresante, sino créanme que las listas de espera serían eternas. En segundo lugar, si de secuelas psicológicas se trata, más sensato parece que la terapia pase por manos de un psicólogo o psiquiatra más que por un bisturí. Siendo más estrictos, no hay evidencia de que las madres que abortan se beneficien en algún sentido del procedimiento desde el punto de vista psicológico. Esto tampoco calzaría muy bien con lo que estrictamente significa aborto terapéutico.

En el primer punto, cuando la vida de la madre está en riesgo, ya hay consenso y que ninguna madre tenga miedo porque su vida va a primar siempre. A mi parecer, legislar al respecto no agrega nada a lo que ya se hace, de la misma manera que no agregaría nada una ley que obligue a operar la apendicitis.

Sobre los otros dos casos, si bien no es mi intención defender si cada una de estas situaciones es justificable del punto de vista ético (al menos no en este artículo), considero que para discutir hay que saber de lo que se habla. Y para partir hablando correctamente, hay que saber usar bien las palabras. Se cree que los políticos hablan bien, sin embargo, este no sería el caso.

Juan Enrique Berner

Interno de Medicina

sábado, 10 de septiembre de 2011

El aborto terapéutico: una necesidad legal


Que los senadores de oposición llamen a legislar sobre el aborto terapéutico probablemente no ayude a mejorar sus bajísimos porcentajes de aprobación entre la sociedad chilena. Somos una sociedad muy moralista y apegada a los valores cristianos que se oponen radicalmente a lo que ellos llaman un asesinato de seres indefensos. Sin embargo, me parece importante escuchar este llamado y abrirnos, como comunidad, a conversar y comprender cómo el aborto terapéutico puede constituir un beneficio para los chilenos.

El bebé anencéfalo, una vez que sale al mundo, lo mira con sus ojos vacíos por un breve espacio, hasta que se le apaga la vida en su incapacidad de respirar y vivir sin estar atado al cuerpo de su madre. La placenta, única razón por la que este bebé malformado recibía sustento y crecía, no puede ser reemplazada por ninguna máquina que permita mantener esta frágil vida. Y recordamos entonces a la madre expectante que pasaba los meses pensando en un bebé que apenas se movía dentro de ella, pero que dejaría de moverse casi tan pronto como saliera del vientre protector.

Como Hemingway. For sale: baby shoes, never worn. Los cajones de bebé no alcanzan a guardar dentro de sí toda la pena y la decepción de vivir un embarazo que no daría sino frutos marchitos.

Lo llaman terapéutico, pero ese aborto no es propiamente una terapia. A veces puede ser el momento más oscuro y triste de una mujer que decide que lo mejor es no traer al mundo a una criatura que morirá. A veces puede ser el momento en que otra mujer siente el alivio de cortar el sufrimiento de su retoño antes de que pueda obtener conciencia y dolor y sufrimiento y muerte. A veces, puede ser la aceptación de que lo que alberga el vientre es no más que un cuerpo, sin una cabeza que permita respirar, crecer, vivir a un bebé. Y, entonces, preferimos no tener que pasar por todo aquello. Más que una terapia, el aborto terapéutico es un duelo.

Pero un duelo necesario. Un duelo que no implique obligar a una mujer a vivir un calvario que no necesita ni la beneficia. Un duelo que subraye la capacidad de las mujeres de tomar decisiones que impacten sobre sus propias vidas. Un duelo que permita que aceptemos, como sociedad, que hay decisiones que, por difíciles que sean, deben ser aceptadas y comprendidas como parte de esta realidad en la que vivimos: difícil, contradictoria, inesperada, con fallas orgánicas. Un duelo que nos permita comprender que aquellas mujeres que deciden abortar son tan valientes como aquellas que deciden enfrentar el desafío de dar a luz sin tener certeza del porvenir.

Creo en el aborto. Creo que es una opción legítima y aspiro a que, alguna vez, en nuestro país se reconozca la necesidad de ofrecer este procedimiento médico en forma segura y sin prejuicios a las mujeres que lo necesitan. Pero, por ahora, creo en la necesidad de legislar para que, al menos, los mal llamados abortos terapéuticos puedan ser una opción para que aquellas mujeres que gestan fetos enfermos puedan, si así lo desean, ahorrarle a su hijo y a su propia conciencia el dolor que significa una malformación o una enfermedad incompatible con la vida.


Paula González Álvarez

Letras